lunes, 11 de diciembre de 2006
Ha muerto
Lo primero que pasó por mi mente como una clara visión al saber la noticia de la muerte de Augusto Pinochet fue ver unas sombras negras saliendo del piso para tomar y arrastrar al general a los infiernos, ver el espíritu cobarde del dictador clamando mientras era obligado a entrar por el suelo del hospital a través de las baldosas directo a pagar sus malignos hechos. Fue como una extraña sensación de satisfacción, de alegría recorriendo mi espalda mientras en la televisión de todo el mundo se veían las “señoras” llorando a todo pesar, la ida del “segundo libertador de Chile”.
Mucho se hablará y escribirá hoy y toda la semana del comandante muerto, lo veremos hasta el cansancio y esto sobre nuestro cansancio de décadas, sin embargo escribir estas palabras obedece a ese escaso placer de transmitir sentimientos y de ver a ese ser ambicioso y perverso ardiendo en los avernos. No obstante y lamentablemente no murió en una oscura celda como debería ser, murió rodeado de sus seres queridos, pero murió y con ello parte de su imperio, ahora sus familiares tendrán que asumir las causas legales que quedan pendientes. Y agradecer, agradecer porque tienen un cuerpo que enterrar un cuero que llorar aunque no lo merezca.
Finalmente es un paso más para alejarnos de la maldad de la época Pinochet
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